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Limosna, ofrenda o dádiva

Pr. Cristo Antonio Vergel Garnica

Toda buena dádiva desciende de lo alto - nadie da por su propia virtud

Cuando todo alrededor es desolación, frustración y una necesidad de auxilio que no da espera.


¿qué hacer?


¿A Dónde ir?


¿A quién acudir?


Son momentos cruciales.


Y en esos momentos, la respuesta más honesta no está en los noticieros ni en los discursos políticos:


Está en un encuentro real con el Creador.


No para culparle, como lo hiciera Adán en la primera catástrofe de la historia.


Porque no hay mayor catástrofe que haber perdido la comunión, el compañerismo y la compañía con el dueño de todo.


Con el dueño del universo.


Y Él, el dueño, nos lo recuerda a cada instante, con esa mirada que no acusa sino que suplica:


“Retorna a casa. Aún te estoy esperando.”


En medio de la catástrofe, Dios sigue estirando su mano.


Acariciando.


Generando recursos para que entendamos que sin Él es imposible vivir.


Lo hace a través de sus criaturas, porque todos lo somos, creyentes o no, algunos con la disposición de colocar todo en sus manos, de devolverle el control de lo que les ha sido dado, para entonces generar esa ayuda que llamamos “humanitaria.”


Pero que no es más que la extensión de su mano.


Porque de Él es la tierra y su plenitud.


Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces (Santiago 1:17).


El mismo Dios que toca el corazón para que dé, es el mismo que puede endurecerlo «como lo hizo con Faraón» para que su gloria sea magnificada.


Nadie da por su propia virtud.


Nadie retiene por su propia dureza.


Ambas cosas están en manos del Creador.


Pablo el apóstol lo expresó así: Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad. (Filipenses 2:13)


Antes de continuar, necesitamos aclarar lo que significa dar.


En medio de la prueba o fuera de ella, el dar tiene que ver con el corazón.


Algunos llaman limosna a lo que dan, ya que en nuestro entorno cultural dar limosna es dar de lo que sobra, sin que cueste nos nada.


Otros lo llaman ofrenda, porque combina el acto con el corazón, con la disposición genuina de dar.


Pero cuántos deberíamos pensar en términos de dádiva, pues la dádiva procede de Dios, de nuestra comunión con Él.


No es nuestra, simplemente somos el canal.


No hemos sido llamados a calificar lo que otros dan.


Sino a unirnos en el dar.


Hay quienes pierden el tiempo tratando de calificar la generosidad ajena, dejando al descubierto su propio corazón.


Un corazón endurecido por la costumbre de juzgar.


Un corazón que se ha atrevido incluso a juzgar al Creador y Sustentador del universo.


No estamos llamados a eso.


La calificación, el premio o la disciplina, eso le corresponde al único que tiene todo el derecho: el Sustentador, a quien todo le pertenece.


Hemos sido llamados a escuchar la voz de Dios que quiere usarnos como su brazo extendido para manifestar su amor por los desvalidos.


Para hacerles entender que Él todavía tiene el control.


Controla al que da.


Controla al que recibe.


Toda buena dádiva procede de Él, no de ti, no de mí.


No tenemos nada.


No somos nada sin Él.


Y si juzgas al que da, revisa tu corazón.


Porque una de dos cosas sucede en el que juzga: o bien no ha dado nada «quizás más bien ha quitado» o ha dado por razones equivocadas, para brillar con una luz prestada, intentando apagar la luz que es eterna y nunca se apaga.


La luz del Creador.


Así que no juzgues.


Examina tu corazón.


Escucha la voz de tu Creador.


Y pon manos en el arado para continuar con la reconstrucción.

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