


Pr. Cristo Antonio Vergel Garnica
El origen histórico del laicismo y lo que las Escrituras dicen de Jesús
La semana anterior recorrimos la historia desde Adán hasta Constantino, mostrando cómo la tensión entre el Estado y Dios no es un debate moderno sino tan antiguo como la humanidad misma.
Hoy profundizamos en algo que quedó pendiente: el origen histórico de la distinción entre laico y clero, y lo que las Escrituras dicen sobre Jesús, Cristo y Rey.
La iglesia que nace con Jesús no tiene jerarquías de poder, todos son iguales en rango.
El apóstol Pedro lo establece con claridad: “Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios.” (1 Pedro 2:9)
No había división entre los que accedían a Dios y los que necesitaban intermediarios.
Todos eran sacerdotes.
Todos tenían acceso directo.
El único criterio de liderazgo que Jesús estableció iba exactamente en contra del orgullo humano: “El que quiera ser grande entre vosotros será vuestro servidor.” (Marcos 10:43)
El requisito para liderar no era el título ni la jerarquía, era la disposición al servicio.
Esta iglesia primitiva comenzó a crecer cumpliendo el orden bíblico: desde Jerusalén, Judea, Samaria y hasta lo último de la tierra.
No fue un camino fácil.
Hubo quema de cristianos, persecuciones, prisiones y muerte.
Sin embargo la iglesia no claudicó, siguió firme, haciendo la tarea encomendada.
Llegando al siglo IV era ya una población grande, con principios sólidos arraigados en la Palabra, generando convertidos constantemente.
Sin proponérselo, estaba desestabilizando al Imperio Romano.
Fue entonces cuando entró en juego la maniobra más hábil de la historia política: si no puedes con tu enemigo, únete a él.
Constantino declaró que el Imperio sería cristiano.
Lo que siguió fue una mezcla de sincretismo religioso y cálculo político que culminó en algo que nunca fue el plan original de Dios, la fusión del pueblo de Dios con el Estado.
La iglesia que había resistido la persecución no resistió el poder.
Pero no todos siguieron ese camino.
Dios siempre se reserva un remanente fiel, los que desde la clandestinidad, pagando con su vida, siguieron fieles al diseño original.
Ellos no se fusionaron con el Estado.
Y sus voces, aunque silenciadas en su momento, fueron sembrando las semillas que siglos después germinarían en la Reforma protestante.
Porque Dios respeta el libre albedrío, la libertad de elegir.
Y algunos eligieron el poder.
Otros eligieron la cruz.
La distinción entre laico y clero no nació de un decreto ni de un momento preciso.
Fue un proceso gradual, tan gradual como el orgullo humano que siempre busca ser exaltado, reconocido, necesario.
En la iglesia primitiva todos eran «laos tou Theou = el pueblo de Dios».
Sin separación.
Sin intermediarios.
Pero con el tiempo, los roles de liderazgo fueron adquiriendo más protagonismo, más privilegio, más distancia del pueblo común.
Y cuando Constantino institucionalizó esa estructura, el proceso se aceleró.
La palabra laico viene del griego laikos, que simplemente significa “del pueblo.”
Pero fue adquiriendo una connotación de exclusión: el que no pertenece al clero, el que no administra lo sagrado.
Todo ello olvidando algo fundamental que el Salmo 23 nunca dejó de decir: “Yahweh es mi pastor.”
No un hombre.
No una institución.
No una jerarquía.
Yahweh.
Hay un dato histórico que no podemos pasar por alto.
Muchas naciones, al independizarse del dominio político colonial, no se independizaron del dominio religioso.
El clero formó parte fundamental de las estructuras del Estado.
Con el tiempo, algunas naciones decidieron disolver ese vínculo a través de sus constituciones, declarándose laicas; no antirreligiosas, sino simplemente desvinculadas del formalismo religioso institucional.
Aquí vale la aclaración más importante: la verdadera iglesia bíblica jamás debería vincularse con el Estado.
Reconocerlo: sí.
Pero no ser parte de él.
Jesús mismo lo estableció con una claridad que no admite debate.
Cuando el recaudador de impuestos llegó, Jesús pidió una moneda y formuló la pregunta del millón: “¿De quién es esta imagen?”
La respuesta fue: de César.
A lo que Jesús respondió: “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.” (Mateo 22:21)
Dos esferas distintas.
Dos autoridades distintas.
Sin fusión.
Sin confusión.
Decidamos o no ser un Estado laico, somos seres espirituales.
De una u otra manera estaremos buscando cómo asimilar esa espiritualidad.
Sin entrar en debates religiosos, lo cierto es que muchas veces opinamos sobre cosas que no tenemos fundamento para discutir.
Se discute si Cristo es Rey.
Se discute si Cristo es su nombre o su título.
Y para eso hay una sola fuente confiable, las mismas Escrituras que el Señor Jesús señaló cuando dijo: “Ellas son las que dan testimonio de mí.” (Juan 5:39)
Jesús: Yeshua en hebreo que significa “Yahweh salva.”
Ese es su nombre.
El nombre que el ángel anunció antes de su nacimiento: “Llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.” (Mateo 1:21)
Cristo: Christos en griego, traducción del hebreo Mashiaj que significa “el Ungido.”
Ese es su título.
No su apellido.
Su función, su misión, su identidad como el prometido.
Rey: no es una metáfora ni una aspiración futura.
Es una realidad presente y eterna.
Pilato le preguntó: “¿Eres tú el Rey de los judíos?”
Jesús respondió: “Tú lo dices.” (Juan 18:37).
El mismo Pilato mandó poner sobre la cruz: “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos.”
Cuando le pidieron cambiarlo, respondió: “Lo que he escrito, escrito está.”
Jesús es su nombre.
Cristo es su título.
Rey es lo que Él es, ayer, hoy y por los siglos.
Ningún decreto, ninguna demanda, ninguna opinión puede cambiar eso.
