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DOS PESAS EN EL BOLSILLO

Pr. Cristo Antonio Vergel Garnica

La doble moral a la luz de la Escritura - por qué Dios llama abominación a medir con varas distintas

En los días que siguieron al terremoto que sacudió a Colombia en agosto pasado, algo llamó profundamente mi atención, no el desastre en sí, sino la reacción que desató.


Mientras un grupo de personas se organizaba para recibir y canalizar donaciones para las víctimas, otro grupo «el mismo que por años administró recursos públicos sin rendir cuentas claras a nadie» salía con megáfono en mano a exigir transparencia, auditorías, comprobantes.


Lo mismo que nunca quisieron que les pidieran a ellos, ahora lo exigían con vehemencia de otros.


Me incomodó.


Me fastidió.


Y me llevó a la Biblia, porque ese escenario no es nuevo.


Es tan antiguo como la humanidad misma.


En el mercado del mundo antiguo, la deshonestidad tenía una forma muy concreta: el comerciante llevaba en su bolsillo dos pesas.


Una para comprar «más pesada», para que el proveedor recibiera menos.


Otra para vender «más liviana», para cobrar de más al cliente.


Dios lo vio.


Y no usó palabras suaves:


“Pesa falsa y pesa justa, ambas son abominación a Yahweh.” (Proverbios 20:23)


No dijo “error”.


No dijo “debilidad humana”.


Dijo abominación, la misma palabra que usa para describir las prácticas más graves que Dios rechaza.


El problema no era el comercio.


El problema era la vara doble.


Medir diferente según el lado en que uno estuviera.


Siglos después, Jesús lo llevó al terreno de las relaciones humanas con una imagen que sigue siendo insuperable:


“¿Y por qué miras la paja (astilla) que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?” (Mateo 7:3)


Nótese que Jesús no dice que no se deba juzgar.


Lo que condena es la asimetría, ver con microscopio lo ajeno y con anteojeras lo propio.


Y añade: “Con la misma medida que medís, os será medido.” (Mateo 7:2).


No como amenaza, como principio universal.


La vara que uso para otros, tarde o temprano, me mide a mí.


Los que atan y no cargan.


Jesús lo nombró directamente cuando enfrentó a los líderes religiosos de su tiempo:


“Atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas.” (Mateo 23:4)


Exigen de otros lo que no están dispuestos a cumplir ellos mismos.


Eso no es liderazgo.


No es fiscalización.


Es doble rasero con toga religiosa.


Y Pablo en Romanos 2:1 lo cierra sin escapatoria: “Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quien quiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo.”


La vara que empieza en uno mismo.


Hay un modelo que pocos mencionan cuando se habla de rendición de cuentas: Samuel.


Antes de transferir el liderazgo a Saúl, Samuel se para ante todo Israel y dice:


“Aquí estoy; atestiguad contra mí delante de Yahweh... ¿A quién he defraudado? ¿A quién he agraviado? ¿De cuya mano he tomado cohecho?” (1 Samuel 12:3)


Samuel exige cuentas, pero empieza por las suyas propias.


Esa es la diferencia entre la rendición de cuentas legítima y el doble rasero disfrazado de virtud.


Quien tiene autoridad moral para pedir cuentas es quien primero las ha dado.


Que quede claro: la rendición de cuentas es un principio bíblico legítimo, necesario y urgente.


En la iglesia, en el Estado, en la empresa, en la familia.


Todo administrador de recursos ajenos debe dar cuenta de lo que recibió.


Pero esa exigencia solo tiene peso moral cuando viene de quien también acepta ser medido con la misma vara.


El mercader de Proverbios llevaba dos pesas en el bolsillo.


Dios lo llamó abominación.


No porque midiera, sino porque medía diferente según le convenía.


La hipocresía no es solo mentir.


Es medir con una vara cuando nos conviene y cambiarla cuando no.


Y eso «tanto en el mercado, como en la política, como en el púlpito» sigue siendo abominación.

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