


Pr. Cristo Antonio Vergel Garnica
De Adán a Constantino - la tensión eterna entre el Estado y su Creador
A lo largo de la historia «y eso incluye la historia bíblica, menospreciada y cuestionada por muchos aunque presenta hechos sólidos corroborables con la historia secular, la arqueología y la evidencia científica» los seres humanos han oscilado entre dos extremos:
vivir alejados de Dios, o buscar que algún poder superior rija sus vidas y sus naciones.
Ningún Estado ha sido verdaderamente neutral en ese debate.
La neutralidad absoluta frente a lo trascendente es, en sí misma, una postura filosófica «una declaración de que lo espiritual no tiene relevancia pública».
Y esa declaración tiene consecuencias.
En el principio, Dios le ofreció a Adán algo extraordinario: la oportunidad de vivir en comunión perfecta con Él.
En el jardín del Edén hubo momentos «que no podemos medir en tiempo pero sí registrar en el texto» en que Dios y Adán se paseaban juntos, conversando, en una relación directa y personal que ninguna constitución ni ningún estado ha podido reproducir.
Hasta que el hombre, por decisión propia, se apartó.
Y con ese alejamiento comenzó la relación causa-efecto que llega hasta nuestros días: cuando el hombre aleja a Dios de su vida personal, inevitablemente lo aleja también de sus estructuras sociales, políticas e institucionales.
No es un fenómeno moderno.
Es tan antiguo como la humanidad misma.
Después del primer fratricidio de la historia, Caín salió y construyó la primera ciudad (Génesis 4:17).
El corazón con el que se construye una ciudad marca su dirección.
Caín comenzó a gestar lo que hoy llamaríamos un estado «pero lo hizo desde un corazón alejado de Dios, dejando un vacío».
Porque cuando el hombre se aleja del Dios verdadero, se produce un vacío espiritual que necesita ser llenado con algo, así comenzó la distorsión que recorre toda la historia humana: reemplazar al Dios de la creación por dioses creados por la imaginación, dioses más cómodos, dioses que no exigen rendición de cuentas.
El patrón fue creciendo hasta llegar a su expresión más audaz: la torre de Babel.
Génesis 10 nos presenta a Nimrod «hijo de Cus, nieto de Cam» el primer poderoso en la tierra.
Su reino comenzó en Babel.
El proyecto era ambicioso: todos hablaban una misma lengua «una comunicación tal vez perfecta entre los hombres».
Pero habían dejado a Dios fuera de su conversación, de su vida, de su entorno.
Detrás de cada ladrillo cocido había una declaración: “Edifiquémonos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra.” (Génesis 11:4)
Tres decisiones «y las tres iban contra el diseño de Dios».
Construir una torre que llegue al cielo: sustituir la comunión con Dios por la ambición humana.
Hacerse un nombre: el mismo orgullo de siempre.
Quedarse centralizados: Dios había dicho fructificad y llenad la tierra «Babel respondió exactamente lo contrario».
Fue una declaración de guerra contra Dios.
No con espadas «con ladrillos y argamasa».
La respuesta de Dios no fue destrucción sino disciplina.
Él mismo lo explicó: “He aquí el pueblo es uno, y todos éstos tienen un solo lenguaje; y han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer.” (Génesis 11:6).
Acto seguido, confundió las lenguas.
Necesitamos comprender que hay una diferencia fundamental entre disciplina y castigo.
El castigo restringe.
La disciplina corrige.
De esa confusión nació la historia lingüística de la humanidad «todos los idiomas del mundo tienen su origen en ese momento de disciplina divina».
Pero la semilla de Babel no murió ahí.
Quedó marcada en la historia hasta el crucial apocalíptico en una sola palabra: Babilonia la grande.
En medio de esa Babel «la meca de la cultura lingüística y religiosa, la cuna de todas las lenguas, los mitos y las leyendas, asentada en la Mesopotamia y llena de ídolos que cambiaron la gloria de Dios, como dice Pablo a los romanos, por la gloria de aves y cuadrúpedos» hay un hombre.
Un solo hombre que cree en el único y soberano Dios.
Abram.
A quien Dios le dice: “Vete de tu tierra y de tu parentela, a la tierra que te mostraré.” (Génesis 12:1).
En ese acto de obediencia se convirtió en el primer hebreo, porque ivri significa “el que pasó al otro lado del río.”
Cruzó no solo un río geográfico sino una frontera espiritual.
Y Dios le cambiaría el nombre: de Abram a Abraham.
Padre de multitudes.
El inicio de un pueblo gobernado directamente por Dios.
La teocracia en pleno.
De Abraham nació Israel, gobernado directamente por Dios durante generaciones.
Sin rey humano.
Con Dios como cabeza visible, hablando a través de jueces y profetas.
Hasta que el pueblo se cansó.
“Danos un rey que nos juzgue como todas las naciones.” (1 Samuel 8:5).
La misma tentación de siempre: mirar a los demás y querer ser como ellos.
Así que Dios le dijo a Samuel algo que revela su corazón: “No te han desechado a ti, sino a mí me han desechado.”
Saúl fue el resultado, el más sobresaliente del pueblo.
Elegido por apariencia.
Y terminó en tragedia.
Retornó el ciclo.
La disciplina llegó a través de los cautiverios: Israel viendo su tierra desolada y sus templos destruidos.
Sin embargo, en su misericordia, Dios se acercó a sus propios opresores para que en su nombre pudieran ser emancipados.
Nabucodonosor: el rey más poderoso de su época, terminó reconociendo: “El Altísimo tiene dominio en el reino de los hombres.” (Daniel 4:32).
Ciro de Persia: a quien Dios mismo llamó su ungido (Isaías 45:1), liberó al pueblo cautivo y financió la reconstrucción del templo.
Emperadores paganos, reconociendo al Dios soberano y convirtiéndose en instrumentos de restauración para el pueblo que había rechazado a ese mismo Dios.
De esta manera transcurre la historia en ese ir y venir constante, con Dios o sin Dios.
Hasta que llega Cristo.
Formando su iglesia «su pueblo» independiente del gobierno humano, sin nexos políticos, viviendo el reino de Dios en la tierra con Jesús como único Rey.
Pero el pueblo sin Dios, temeroso de perder el poder, encuentra en Constantino el instrumento para una fusión que cambiaría la historia: iglesia y estado unidos bajo un mismo techo.
Muchos del nuevo pueblo elegido cayeron en esa trampa.
De ahí en adelante, cada nación construyó su propia versión: la iglesia de Escocia ligada al estado escocés, la iglesia anglicana ligada a Inglaterra.
La historia se repite.
¿Qué es entonces un estado laico?
Quizás simplemente un estado sin orientación religiosa oficial.
Pero eso no nos da pie para desechar a Dios en todo su esplendor.
Retornar a Dios no nos hace religiosos ni místicos.
Nos lleva a la esencia primaria, Dios y el hombre en un solo sentido.
Y eso no es contrario a ser laico o no serlo.
Porque ningún decreto constitucional, ninguna demanda legal, ninguna declaración política puede mover a Dios de su trono.
Él reinó antes de que existiera cualquier Estado.
Y reinará cuando todos los estados hayan desaparecido.
