


Pr. Cristo Antonio Vergel Garnica
La ciencia acabará - pero el amor permanece
A lo largo de la historia, el ser humano ha tenido una relación complicada con la tecnología, mezcla de asombro y terror.
La revolución industrial trajo el miedo a quedarse sin trabajo.
Muchos inventos fueron satanizados, la energía eléctrica entre ellos.
Al acercarse el año 2000, el famoso Y2K generó predicciones de caos: aviones cayendo, sistemas nucleares sin control.
Cuando llegó el 5G, algunos lo culparon de la pandemia del Covid-19.
El patrón es siempre el mismo: lo que no entendemos nos aterra.
Y cuando no podemos explicar algo, buscamos culpables.
Hoy la inteligencia artificial genera ese mismo temor ¿podrá matar al ser humano? ¿Nos reemplazará? ¿Quién la controla?
Son preguntas legítimas.
Pero antes de responderlas con pánico o con ingenuidad, vale la pena detenerse y preguntarle a la única fuente que no caduca.
La Biblia sí tiene respuestas, pero no las que queremos para confirmar nuestros miedos, sino las respuestas reales.
Porque hay dos tipos de temor en la Escritura, y conviene no confundirlos.
El primero es el temor reverencial a Dios “el principio de la sabiduría” (Proverbios 9:10).
No es el temor que paraliza ni el que hace correr.
Es el que hace detenerse, contemplar y reconocer que hay una autoridad superior a todo lo que el hombre puede crear o destruir.
El segundo es el temor infundado, ese que busca señales del fin en cada terremoto, en cada pandemia, en cada avance tecnológico.
Hay comunidades enteras que por evitar lo que interpretan como señales apocalípticas se han quedado detenidas en el siglo XIX, renunciando a los beneficios de la electricidad o el motor de combustión.
Ese temor no viene de una sana interpretación de la Escritura.
Viene de leerla sin filtros, sin contexto, sin el rigor hermenéutico que el texto merece.
Y produce exactamente lo contrario de la sabiduría, produce pánico, aislamiento y una fe que le teme al mundo en lugar de transformarlo.
La energía eléctrica, los descubrimientos científicos, los inventos modernos, incluyendo la inteligencia artificial, no son señales del fin.
Son herramientas.
Y las herramientas no son buenas ni malas en sí mismas, depende de las manos que las usan y del corazón que las dirige.
El gran temor de hoy es que la inteligencia artificial pueda emanciparse, volverse autónoma, autorregulada, capaz de desplazarnos en todo lo que pensamos, decidimos y hacemos.
Es cierto que la inteligencia artificial puede ser entrenada para producir resultados extraordinarios, como herramienta al servicio del médico, del empresario, del consultor, del educador.
Eso es legítimo y útil.
Pero que un conjunto de algoritmos pueda tomar el control y gobernar el mundo es otra conversación completamente distinta.
Aquí hay algo que merece decirse con claridad: si la inteligencia artificial llegara a ese nivel de control, el problema no sería la máquina.
Sería el ser humano que la diseñó con ese propósito, su egoísmo, su afán de controlar lo que no le pertenece.
Porque hay algo que ningún algoritmo puede replicar: el imago Dei.
Fui hecho a imagen y semejanza de Dios, un Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, replicado en mi Alma, Cuerpo y Espíritu.
Con libre albedrío otorgado por el único soberano que puede concederlo.
Esa esencia no se programa.
No se transfiere.
No se automatiza.
Aunque soy imagen de Dios, nunca seré Dios.
Es precisamente por eso, que tampoco podré jamás dar a una máquina la autonomía, la libertad y la esencia que solo Dios puede dar.
La inteligencia artificial puede imitar.
Nunca podrá ser.
El Señor en su soberanía ya nos ha anunciado su retorno: visible, físico y real.
Cristo Rey vendrá como Rey de todos en su segunda venida y reinará mil años.
Pero ese reinado será de paz, no de confusión.
Si los terremotos, las epidemias y la inteligencia artificial fueran el fin, estaríamos afirmando que ese reino de paz ya está aquí, y lo que vemos hoy no lo confirma.
Aquí es donde 1 Corintios 13 nos da la perspectiva correcta: “Las profecías se acabarán, cesarán las lenguas, y la ciencia acabará. Pero ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor.” (1 Corintios 13:8,13)
La inteligencia artificial es ciencia.
Y la ciencia acabará.
No porque sea mala, sino porque tiene fecha de vencimiento.
Todo lo creado por el hombre es temporal.
Lo que permanece para siempre es el amor, precisamente porque Dios es amor (1 Juan 4:8).
Y Dios es eterno.
Entonces la respuesta al temor no es rechazar la tecnología sino usarla con sabiduría, para el bien propio y de la humanidad, sabiendo que es una herramienta temporal en manos de seres creados a imagen de un Dios eterno.
Aprovecha la tecnología.
Disfrútala.
Úsala para el bien.
Pero no le temas ni la adores, porque un día acabará.
Y el amor permanece.
